UN MUNDO MEJOR (ESTÁ POR LLEGAR)

mundo mejor 2

Sueño con un mundo bastante más hermoso del que tenemos hoy. Un mundo donde no existan cercos eléctricos, alarmas, vigilantes, jueces, abogados y psiquiatras. Donde los narcos y políticos condenados por corrupción sean piezas de museo. Donde los alcaldes conviertan las plazas de toros en áreas verdes para que más niños tengan dónde jugar y más ancianos tengan dónde respirar aire puro.

 

Un mundo donde toda la población mundial ponga “Donación de Órganos: Sí” en su documento de identidad. Donde la única sangre que veamos sea en nuestros controles anuales de salud. Donde las fábricas de armas y empresas de tabaco se vayan a la quiebra porque las miles de personas que hoy trabajan ahí decidieron renunciar. Donde solo existan laboratorios que inventan medicinas que curan, no que alivian temporalmente para crear dependencia.

 

Donde las personas nos preocupemos más por nuestro interior que por nuestro aspecto físico. Donde nadie menosprecie a nadie por ninguna razón, donde el estatus social no tenga valor y sea nada más que una circunstancia. Donde los programas de chismes y la pornografía sean temas del pasado, donde se acabe por fin el culto al dinero, al cuerpo perfecto, a la moda y demás temas insignificantes. Un mundo en el cual las personas se valoren y se amen tanto que los cirujanos plásticos se queden sin trabajo.

 

Un mundo donde cultivemos la verdadera espiritualidad en lugar de la obsesión por el dogma religioso que utiliza el sentimiento de pecado y culpa como herramienta de manipulación. Donde nos conectemos diariamente con esa energía de amor que podemos llamar Dios, Universo, Inteligencia Divina o como nos provoque. Y que esa conexión se manifieste a través de nuestros actos diarios, no de golpes en el pecho ni palabras fáciles.

 

Deseo fervientemente un mundo en el cual practiquemos regularmente el amor por todos los seres humanos y no solo por “nuestros” seres humanos. Donde los padres alentemos a nuestros hijos a intentarlo y equivocarse, a experimentar, a cometer errores. Donde les enseñemos a ser más colaborativos y menos competitivos. Un mundo donde dejemos de darle la golosina solo para que dejen de llorar, o la tablet para que dejen de “molestar”. Donde les demos a ellos no solo calidad, sino sobre todo cantidad de tiempo, ya que eso va a construir una relación sólida con ellos y va a influir profundamente en su autoestima.

 

Sueño con un mundo donde cada persona se haga responsable por sus actos y deje de echar culpas a otros por sus fracasos o dificultades. Y donde esa auto responsabilidad se maneje con amor hacia uno mismo, con flexibilidad, con ganas de aprender, enmendar y mejorar.

 

Donde dejemos de actuar centrados en nuestro ego, listos para ofendernos, hasta reaccionar con ira o resentimiento por cada cosa que “nos hace” nuestra pareja, nuestro padre, esa que decía ser tu amiga, algún compañero de trabajo, el vecino, el policía o el chofer del bus.

 

Y a partir de esa conciencia empecemos a practicar la empatía, tratando de colocarnos en los zapatos de la otra persona para comprenderla y no juzgarla desde “nuestra razón”. Donde no pretendamos imponer nuestro punto de vista a otros y sepamos respetar el sentir de cada uno y su derecho a equivocarse, tal como nos equivocamos nosotros a cada momento.

 

Un mundo donde cada día, al amanecer o al anochecer, agradezcamos por todas las bendiciones que tenemos, sin compararnos con nadie. Donde entendamos que cada problema no es un ensañamiento del destino, sino un desafío que esconde una inmejorable oportunidad de cambio, de aprendizaje… aunque venga acompañado de incertidumbre o dolor.

 

Anhelo un mundo donde al “enseñarle” a nuestros niños que es importante ser honestos, no hagamos justamente lo contrario. Donde no compremos más libros ni discos piratas, donde hagamos el esfuerzo de pagar por un repuesto original en lugar de alimentar el negocio de los delincuentes, donde no intentemos evitar la multa con una coima si el policía nos sorprendió conduciendo después de haber bebido alcohol, donde dejemos de robar cable, de acelerar al ver la luz ámbar y de susurrarle a nuestros hijos: “dile que no estoy”.

 

Imagino un mundo donde cada vez más personas trabajan en actividades que disfruten, que amen, de modo que regresen a casa quizás cansados, pero contentos. Un mundo donde nadie más insulte al pobre lunes. Donde los centros de yoga se multipliquen pero no para combatir el estrés, sino como un hábito relajante, para preservar la buena salud que ya poseemos.

 

¿Y saben qué? Ese mundo que quizás todos soñamos está en camino. Es cierto que pareciera que estamos bastante lejos, pero lentamente vamos en esa dirección. Aún cuando los medios de comunicación intenten hacernos creer lo contrario. Aún cuando “veamos” que el mundo está cada vez peor, que se han perdido los valores, que hay más violencia, más desastres naturales.

 

Es verdad que todo eso existe y que hay mucho dolor alrededor de ello, pero también es cierto que los seres humanos poco a poco estamos despertando y nos vamos dando cuenta que necesitamos hacer algo pronto, ya.

 

Y ese algo no pasa por responsabilizar a nuestra pareja, al gobierno, a tal o cual líder político, a la iglesia, a la vida, al destino o a Dios. Pasa por cambiar nuestra forma de pensar respecto del papel que nos corresponde a cada uno. Pasa por asumir nuestra responsabilidad como padres, como ejemplos de los niños y jóvenes, como profesionales, como ciudadanos… como seres humanos.

 

Solo de esa forma podremos generar esos pequeños-grandes cambios en nuestro interior, que es lo único donde tenemos control. Y a partir de ello iremos formando generaciones más virtuosas, con mejores hábitos, con mayor consciencia.

 

¿Y POR QUÉ ESTOY CONVENCIDO DE QUE VAMOS POR BUEN CAMINO?

 

Porque hay avances innegables. Cada vez más niños –y adultos– entienden el concepto de reciclaje y desarrollan hábitos de cuidado al ecosistema. Es una tendencia y los colegios ya le dan la importancia que merece. Cada año La Hora del Planeta (apagar la luz por una hora) tiene más adeptos en todo el mundo. Cada día hay más regulaciones para los productos que afectan el medio ambiente. Cada día hay más movimientos y cumbres ecologistas, algunas encaminadas por líderes políticos o empresariales, otras impulsadas por actores o cantantes famosos.

 

Cada día aumenta el consumo de alimentos naturales y disminuye el consumo de tabaco. Cada día hay más personas en el mundo haciendo ejercicios y practicando meditación. Cada día hay más leyes que protegen a la mujer ante la violencia doméstica. Cada día hay más activismo en contra de la fabricación de abrigos de piel, la caza indiscriminada de animales, la tala ilegal de árboles, la contaminación ambiental que genera la minería informal y las grandes petroleras, las peleas de gallos, las corridas de toros, entre otras actividades degradantes.

 

No seas iluso Fernando, el dinero lo controla todo”, me han dicho algunos. Es cierto, pero las nuevas generaciones tienen un mayor grado de consciencia y eso basta para generar cambios muy profundos, para muchos inimaginables… poco a poco, claro está.

 

Pero quizás lo más importante no es soñar con un mundo mejor para nuestros hijos, sino hacernos (y hacerlos) cada vez más conscientes, crecer a nivel mental y espiritual, para formar mejores hijos para el mundo.

 

Los invito a creer. Y especialmente, los invito a actuar. El momento siempre es hoy.

 

¡Que tengan una excelente semana!

Namasté.

Fernando Morán Barton.